Era extraño aquel flautista… Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba.

Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. 

A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras.

Decían que comía ratas. También decían que comía niños.

Nadie le vio, nunca, comer nada…

Lo único realmente vivo en él parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.

Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo por la larga flauta.

Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde solo había una aldea, un bosque, un río y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, el viejo Pedro, que vivía a solas en la espesura porque tenía una mente demasiado simple y una pierna mucho más corta que la otra, lo vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…

El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido y siniestro…

La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota.

Algo se oyó en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…

Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, empezaron a surgir ratas de todas partes, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Pedro, esquivándole apenas, golpeándole a veces, y se lanzaron al río.

El viejo Pedro, que pese a su mente de niño conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continuo de miembros temblorosos, agónicos.

Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó mientras se separaba de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.

Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; solo podría afirmarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Pedro, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras.

Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…

La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.

Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad… El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.

En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna… Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.

No había sido suficiente. Incluso Pedro, acostumbrado a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.

Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, sabiendo que jamás podría soñar con adelantarle, por su cojera, Pedro se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista para su monstruo.


DE TERRORES y otras alegrías… es un recopilatorio de diez narraciones breves de terror y fantasía histórica, relatos escritos a lo largo de los años y que forman diez historias indispensables para todo aquel que disfrute pasando un buen rato de miedo.

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